Ojo con los juegos de tus hijos

Con muñecos, con cochecitos, con pelotas… Los niños se la pasan jugando. Por insignificante que parezca, esta actividad desempeña un papel primordial en su desarrollo. ¿Por qué mi niño chupa su sonaja? ¿Para qué le sirve ese peluche del que no se despega? Todo tiene un porqué.

No siempre los adultos concedemos a los juegos de nuestros hijos la consideración que merecen, como si sólo fueran la expresión de su inmadurez. Sin embargo, el juego es mucho más que una simple ocupación que hace disfrutar a nuestros pequeños. Si bien fomenta su memoria, imaginación y relaciones sociales, también el juego constituye un factor determinante en su evolución psíquica, física y social, factores determinantes de su vida adulta. Así pues, el juego ayuda al pequeño a superar etapas difíciles y resolver conflictos.

Su primero juego

El juego hace su aparición en los bebés en el momento mismo cuando empiezan a separarse de su madre, lo que les causa una frustración. Ante la falta de lo que considera como una parte de sí mismo, el pequeño se ve invadido por emociones tan violentas que lo obligan a buscar algo que le devuelva la tranquilidad. Nuestro bebé “inventa” la presencia de lo que le falta agarrando su pulgar o cualquier objeto a su alcance, llevándoselo a la boca y chupándolo. De esta manera, toma forma su primer “juego”: por primera vez, vive en su imaginación lo que no existe en la realidad.

El juego es parte de su identidad

Chupar objetos es el punto de partida de otros juegos: moverse inquietos, lanzar de objetos desde la cuna, la alegría de recuperarlos… Si el entorno estimula al pequeño para que los realice, estos juegos le permitirán superar con serenidad una de las etapas más importantes en su desarrollo: salir de la relación fusionada que mantiene con su madre para descubrir, a la vez, su propia existencia y la de los demás. Durante esta transición, los peluches o las frazadas ocuparán un lugar especial.

El papel de los objetos transicionales

El pediatra y psicoanalista inglés Donald Woods Winnicott denominó objetos transicionales a esos objetos (osito, frazada) que los pequeños llevan consigo a todas partes y por los que sienten un profundo apego (aunque éstos estén ya en muy mal estado). Como señalaba este autor, para vencer el dolor de la separación el niño necesita crear la ilusión de la presencia continua de su madre. El objeto transicional es lo que simboliza esta presencia y lo acompañará hasta que sea capaz de diferenciar claramente entre él y el mundo exterior.

Como ves, el juego constituye un lugar para expresar los problemas o los conflictos interiores de los niños. Asimismo, les permite dar rienda suelta a sus emociones más violentas (rabia, celos, deseo de destrucción, desesperación, etc.) para liberarse de ellas. Y esto no acaba nunca, pues de adultos también inventamos nuestros propios juegos, muchas veces para alejarnos de nuestra realidad.

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